Miedo

Le encanta levantarse tarde, hacerse un café, llevarlo a la cama y mirar las noticias en el celu, mientras escucha la radio y mientras el color de la luz va cambiando en la ventana. Disfruta mucho esta posibilidad de llegar al día por goteo ahora que ya no hay tantas obligaciones ni horarios que la apabullen.

Pero hace unos días sale de la cama temprano, se prepara su café que ya no le gusta tanto como antes, camina por la casa llevándose todo por delante: la mesa que está en el mismo lugar desde hace años y la alfombra del baño qué donde más podría haber estado. La cocina es lugar peligroso, se quema, vuelca cualquier cosa y todo le sale con sabores tan raros que marido ofrece con toda diplomacia cocinar por unos días.

Anda murmurando constantemente, pasa de los lamentos a las quejas o las puteadas y tira anzuelos tratando de alcanzar a ese-en-el-que-no-cree para negociar un canje, a veces consigue darse ánimos e imaginar escenarios de alivio y alegría, y suspira. La espera de la noticia abrió un hueco en su vida y sólo se anima a caminar por los bordes, tratando de no asomarse al abismo. No quiere hablar con nadie, no quiere ver en los ojos ajenos su propia angustia.

Ella siente que alguien hizo un garabato sobre su vida, esos garabatos densos que tienen un centro oscuro y bordes alargados como brazos. Hace muchos esfuerzos para tener esperanzas, y, sobre todo que los demás no se den cuenta del terror que siente, especialmente cuando habla con la hija inventando charlas vacías y riéndose de cosas que no les importan porque están en una competencia de quien es más dura.

Cada una de sus noches tiene un color distinto: el amarillo de las dudas preguntándose si es buena idea preguntarle a la hija como se siente, no quiere cargarla con su propia angustia. Otras son violetas con chispitas y se hamaca entre el optimismo y la ansiedad. Pero cuando llega el negro sólo puede esconderse bajo a almohada y llorar en silencio.

Finalmente, una mañana llega la noticia: -ma, tengo los resultados está todo bien.

Siente que el titiritero corta todos los hilos y llora, llora, todavía está llorando.

La Caja

Revolvía sus recuerdos caprichosamente, hasta que se dio cuenta que nada era tan azaroso y mucho menos caprichoso, siempre volvía a la infancia, al amor, las sorpresas, a las ilusiones.

Pero había una caja redonda, una caja de lata de esas de galletitas que nacieron para costurero que nunca abría, la tocaba, recorría con los dedos la superficie fría, los bordes amables, le sentía el peso, la rodeaba perezosamente con bastante miedo cantándose mantras de consuelo.

Sabía que un día la iba a abrir para volver a sentir ese frío, ese peso, esa obscuridad, ese dolor y la antigua certeza de que ahí estaba el génesis de todo.

Palabras

Casi no se hablaban, sin embargo, tenían un vínculo lleno palabras.

Ella le tenía un poco de miedo y en realidad ni siquiera estaba segura de su cariño, tan lejanos eran, tanto era lo que no se decían.

Pero había un rito, un mensaje secreto, pudoroso, vergonzante, él le regalaba libros. Y así ella llenaba sus horas de palabras ajenas, completando sus huecos con las palabras de otros.

Tanto fue el silencio, tan pocas las palabras propias, que cuando él se fue no hubo carta de despedida sino un libro abandonado “El Final del Juego”.

Encantamiento

Se fueron de Buenos Aires una mañana fría y nublada, hubo desayunos y almuerzos en la ruta, acampadas y noches frías, fuegos improvisados para calentar las milanesas de la fonda y una llegada a Iguazú que vivieron como el primer escalón triunfal del desafío que habían pensado juntos.

En Misiones conocieron la selva, con árboles más altos que el edificio de la esquina, monos, cuatíes y loros, se emborracharon de colores y a la mañana los pájaros les cantaron hasta que se despertaban. Fueron a las cataratas se mojaron y al nene lo emocionó darse cuenta de que la Garganta de Diablo es como un embudo lleno de energía.

El nene llevaba una vieja camarita digital y sacaba fotos de todo lo que se le cruzaba, el resultado los divirtió mucho porque era el punto de vista “metro diez”, muchas barandas y cinturas y monos movidos, pero eran esos ojos nuevitos descubriendo el mundo.

En la vuelta visitaron una mina, se tuvieron que poner cascos, recorrieron senderos oscuros, se maravillaron con todo y a la salida compraron una bolsita de piedras con nombres raros; jade, ágata, cuarzo, amatista. En la mina conocieron una nena que les contó que la energía que tienen las piedras es una forma de encantamiento y que con sólo ponerlas al sol se podía conseguir una magia. El ya conocía de piedras mágicas y sus poderes, lo había aprendido jugando a su juego preferido en la Play.

De vuelta en la ruta miraba su tesoro de piedras, le gustaban los diferentes colores, que fueran lisitas, pulidas, frías y se preguntaba cuando podría hacer su primer encantamiento.

A los pocos días de llegar a casa el nene se enfermó de paperas, tenía mucho dolor y fiebre, no había nada que lo hiciera sentirse mejor, ni siquiera jugar a la play, pero justamente pensando en la play se acordó de sus piedras.

Al mediodía sin que nadie lo viera, subió a la terraza y puso las piedras sobre la mesa de los asados donde les daba mucho sol y como no se le ocurría ninguna palabra de encantamiento sólo dijo – ¡obsidiana!. Cuando sintió las piedras bastante calentitas, las guardó en su bolsita, volvió a su cuarto, las puso en filita debajo de su almohada y se durmió.

Al día siguiente se despertó sin fiebre y de muy buen humor, pero nadie entendía por qué cuando lo llamaban por su nombre los corregía y les decía, llámenme Mago, o mejor, Señor Mago.

La tarde de la nevada

Está sentada frente al ventanal mirando caer la nieve, sabe que afuera hace frío y suena un silencio espeso,  ahí adentro está calentito, hay un suave olor a humo, hay ruido de vajilla chocando y voces suaves.

Pidió un té y un poco se disgustó porque le trajeron té en saquitos, esperaba que en ese lugar tan paquete le hubieran traído una tetera con un buen té en hebras, igual no dijo nada porque esa tarde es para otra cosa.

Es la tarde de la despedida.

Había llegado a ese lugar sola, porque había viajado sola, aunque el viaje lo habían planeado juntos, mientras imaginaban las caminatas, los paseos por el lago, las excursiones para descubrir pájaros y los cielos nocturnos llenos de estrellas.

Pero él se fue y ella se quedó con los planes.

Estuvo tan enojada, se pasó semanas enojada, rabiosa, no lo podía perdonar, ni siquiera trataba de perdonarlo.

Finalmente decidió hacer el viaje sola.

Y ahí está sentada, frente a dos tazas de té, porque le pidió un té a él para poder decirle a ese asiento vacío todo lo que sentía.

Volvió a mirar hacia afuera, ahora la nieve cae mucho más espesa, tejiendo un encaje blanco y le parece que entre los huecos del encaje algo se escapa.

Toma aire como para empezar a hablar, y decirle todo lo enojada que está por su traición, porque nunca se pudo despedir, porque le había prometido que iban a envejecer juntos y se fue antes.

Quiere decirle todo y más, pero no puede porque cuando se lo diga, el enojo se va a derrumbar y lo va a empezar a llorar.

La Visita

Sale a la calle y la abruma el ruido: bocinas, motores, frenadas, sirenas, discusiones en por lo menos tres idiomas distintos, hay voceos de mercaderías, y regateos y sólo por el tono sabe distinguir si el que habla es senegalés, chino o peruano, cada uno tiene su propia cadencia, y tono. Los olores a gasoil, a fritura, a desodorante y a humo llenan el aire y lo hacen pesado, material.

Le gusta ese barrio bullicioso, siempre enloquecido, siempre a mil y siente que lo reconocería con los ojos cerrados, entre cualquier otro.

Entra en casa, apoya la bolsa llena de compras en la mesa y mientras guarda la carne para las milanesas se da cuenta que se olvidó las papas y piensa: -cabeza de novia. Es que así es, está esperando esta visita como cuando tenía 15, ahogada en suspiros y mirándose al espejo mil veces.

A las 5 de la tarde entre un tumulto de carcajadas, guardapolvo y trencitas, llega la nena que en pocos minutos escanea la casa, elogia el nuevo jabón del baño, roba una galletita  y haciendo retumbar sus pasos en el parqué va cambiando los sonidos de la casa, porque nunca camina, siempre corre, arrastra las sillas, prende la tele y charla sin parar contando que sus compañeras hablan con voz finita y se ríen tapándose la boca, en cambio ella prefiere a los varones porque son guasos y avisan que se van a tirar un pedo o eructan como osos.

La abuela fríe las milanesas deseando que huelan distintas a las de afuera y que la nena siempre pueda distinguir a sus milanesas entre todas las del mundo.

A la hora de irse a dormir la nieta mira un rato el celular y las risas sonoras de los videos de youtube se mezclan con las susurradas de la nena que de a poco empieza a respirar profundo y acompasado; y al rato duerme tranquilamente.

A las 8 de la mañana el vecino fuma su primer cigarrillo en la terraza y tose, en la calle ladra un perro, alguien escucha un reggaetón y suena la primera sirena del día.

Un ratito después en el cuarto se escucha un roce suave como besos de hada, la abuela corre las mantas y la nena se acuesta a su lado, inmediatamente empieza a roncar suavecito, suavecito, una pequeña vibración que es más intuición que certeza y mientras hunde la cara en el pelo sintiendo ese perfume a colonia y a pan fresco, la abuela piensa que eso, exactamente eso es la felicidad.

Hierbabuena y café

Lo primero que sentíamos en las mañanas era el perfume a hierbabuena que abuela había plantado hacía muchos años debajo de las ventanas de los dormitorios, después llegaba el ruido de la tropilla que cruzaba el río, los cascos de los caballos, el agua que corría y los ladridos de los perros, y por fin el olor del café.

Éramos unos cuantos, para ir al baño, y a los chicos siempre nos tocaba al final, había que aguantar un rato, aunque la promesa del desayuno hacia milagros para evitar protestas.

Después decidíamos las cosas importantes, si íbamos al arroyo a bañarnos, a la vieja mina a encontrar mica, a juntar piquillines, las posibilidades eran infinitas, pero todo lo hacíamos corriendo al sol, quien sabe qué nos apuraba.

El abuelo que de marzo a diciembre era un señor muy serio de traje, se ponía una malla destartalada y un viejo sombrero de corcho que nos decía que había sido de un gran explorador y agarraba sus botellas con miguitas para atrapar los pescaditos para la picada del mediodía.

A la abuela le encantaba cocinar y de la cocina salía comida como de una línea de montaje, desayuno, almuerzo, merienda y cena, nunca nadie se quejó.

Con los adultos ocupados en sus vacaciones los chicos sentíamos que todo era posible, y en realidad, casi todo era posible, éramos sólo presente a nadie se le ocurría que el futuro fuera otra cosa que una repetición de esos días.

Pero los cambios llegaron y cuando llegaron cambiaron los perfumes de las mañanas para siempre, claro que hubo amores, sueños renovados, algo de madurez pero también pérdidas y distancias.

Y ahora en las noches nostálgicas podemos estirar el sueño hasta llegar a aquellos días en que quemábamos la infancia en una fogata de libertad.

Cumpleaños

Marcelo se despierta temprano y en lo primero que piensa es en Clara, su pelo oscuro, sus dientes de conejo y sus orejas chiquititas. Pero rápidamente su mamá interrumpe sus sueños, entra en el dormitorio cantando feliz cumpleaños con una torta con la velita encendida, Raúl su hermanito protesta por el ruido y se tapa la cabeza con la almohada, pero finalmente se une al canto familiar con un poco de envidia porque 14 años le dan al mayor chapa de adulto.

Después del desayuno empiezan los preparativos para la fiestita: vienen los amigos del barrio y algunos compañeros de colegio, en la radio dicen que la temperatura no va a pasar de 25 grados y no hay nubes, su mamá baldea el patio, en un rato va a llegar la vecina con algunas sillas que le pidieron prestadas para poner pegaditas a las paredes; su primo Pedro le va a prestar el Winco y los amigos aportan long plays y algunos simples de 33.

Mientras camina al almacén a buscar las Cocas, repasa su plan: cuando Clara se acerque a darle un beso después de soplar las velitas (de nuevo) va a correr un poquito la cara y la va a besar en la boca despacito, un piquito nomás, pero ella va a saber…

La fiesta empieza despacito, las chicas de un lado, charlando entre ellas y riéndose mientras los miran de reojo. Los varones del otro lado cerca del emparrado haciéndose chistes y empujándose unos a otros para darse valor.

El primero que se anima a sacar a bailar a una de las chicas es Agustín que como es el primero que dio el estirón se hace un poco el canchero, con una cabezada a Patricia empezó el baile y de a poco todos se animaron. Marcelo suspiró aliviado la fiesta no iba a ser un plomo.

Finalmente llega la torta: velita, besos, ahí se acerca Clara, tiene las palmas húmedas, le tiemblan las rodillas y le duele la panza, cierra los ojos y maniobra, pero en ese preciso instante Agustín le da un empujoncito a Clara, todo se enmaraña y el beso en la boca lo recibe el flaco.

A la noche en su cama entre sollozos apagados Marcelo se acuerda del terrible susurro de Clara: -no te preocupes Marce, ya todos sabíamos que te gustaba Agustín

Caperucita en el Bosque de los Alerces

Erase una vez una adorable nenita, era alegre, cariñosa, obediente y muy ingenua, muy ingenua, tan ingenua que algunos dirían que era un poquitito boba, y la llamaban Caperucita

Erase también una dulce ancianita, tenía muchos años, caminaba con un bastón, le gustaba tejer, hacer dulces y escuchar a Mozart y a Gardel y amaba a su nieta Caperucita. A pesar de ser tan viejita, la abuelita vivía sola, en un sitio aislado, en medio del bosque de los Alerces.

Erase también un lobo, que hacía cosas de lobo, y siempre tenía hambre porque esa es la naturaleza de los lobos.

Erase también un cazador que recorría el bosque con su ropa de cazador, y su gran escopeta, caminaba con mucho cuidado para no hacer ruido que asustara a los animales y cuando tenía hambre, se sentaba a la sombra de un alerce, abría su mochila y sacaba algún sándwich de mortadela y tomaba unos tragos de vino blanco.

Y por último había una señora que se llamaba Consuelo, y era la mamá de Caperucita y la hija de la Abuelita. A Consuelo le gustaba leer a Corín Tellado sentada en su sillón donde daba el sol de la tarde, hacía unas tartas de manzana deliciosas, era alegre como su hija y dulce como su mamá.

Una fría tarde de mayo, Consuelo le pidió a su hija que cruzara solita el bosque para llevarle a la abuelita un taper con sopa y una tarta pascualina, porque abuelita estaba engripada y no podía hacerse su comida y aprovechó su tiempo libre cocinándose una tarta de manzanas, y tomándose una copita de jerez

La nena obedientemente salió de casa, pero en el bosque se encontró con el lobo que sin mucho esfuerzo la engaño para retrasarla en su viaje, y después la volvió a engañar para que creyera que él era la abuelita y se las comió a las dos, sin siquiera ponerles sal.

Después llegó el cazador, sacó a la nena y a su abuela de adentro del lobo, le llenó la panza de piedras y lo tiró al rio.

Cuando se enteró de los horribles sucesos, Consuelo corrió a la casita del bosque, abrazó a las dos asustadas mujeres, agradeció al cazador, limpio el desastre que había en la casa, le dijo a su mamá que prepara un bolso con sus ropas, sus remedios y el cepillo de dientes y agarrando a las dos muy fuerte de la mano se las llevó a su casa.

Esa noche Consuelo cocinó un buen guiso de lentejas, porque no hay nada como un buen guiso de lentejas para curar el terror de haber sido comida por un lobo. Y mientras lo revolvía sin parar pensaba que el lobo no había hecho más que seguir a su instinto, pero que ella, ella, había sido negligente con su mamá que vivía sola y había esperado de Caperucita que hiciera algo que una nena inocente, solita en el bosque no podía hacer sin ponerse en un gran peligro.

Consuelo se sentía triste, desilusionada de sí misma y culpable, con una culpa que le dolía en el pecho y le hacía temblar las manos, no podía dejar de pensar lo tristes que habrían sido sus días sin los cascabeles de risa de caperucita o el perfume de violetas de las manos de su mamá. Por suerte y gracias al cazador, ahora tenía la posibilidad de pasar muchos días más con ellas, cuidarlas, decirles cuanto las amaba y aunque no podía volver el tiempo atrás, podía tratar compensarlas por el terror que habían pasado.

Y colorín colorado este cuento ha terminado.

Resistencia

Veamos.

Fuimos las adolescentes que se pusieron a escuchar una música que no era música para nuestros mayores.

Usamos minifaldas, minishorts, maxifaldas, pantalones pata de elefante y zuecos. Y así vestidas corrimos para salvarnos de la policía, tosiendo y llorando.

Nos embadurnamos con aceite de coco y otras pócimas para estar bronceadas y divinas.

En medio de la noche más oscura estudiamos, nos enamoramos, tuvimos hijos, trabajamos, mantuvimos la cabeza en alto y nadie nos pudo cambiar los ideales.

Cantamos Bella Ciao, cuando los niños de la casa de papel no estaban ni en proyecto de nacer.

Pasamos la guerra de Malvinas cocinando budines, puteando y rogando por todos.

Salimos a bailar en la calle, con hijos colgando de los brazos o bien agarraditos de la mano cuando volvió la democracia. Y les enseñamos a marchar en cada 24 de marzo.

Trabajamos, maternamos, nos rompieron el corazón y fuimos a llorar a terapia.

Nos tragamos los mocos, nos volvimos a enamorar.

Aprendimos a vivir con nada cuando la crisis económica nos llevó por delante.

Disfrutamos cuando hubo cosas para disfrutar y nos hicimos las fuertes cuando estábamos muertas de miedo.

Gritamos Ni Una Menos y usamos el glitter verde como bandera.

Nos jubilaron y como nos sentíamos jóvenes, nos pusimos a hacer cursos, a malcriar nietos, a reencontrarnos con amigos.

Y llegó la pandemia y aprendimos a desinfectar las naranjas, a diluir alcohol y hacer videollamadas y que existe una cosa llamada distancia social.

Y aprendimos sostener el celular para que no se nos note la papada y a cuidar a los nietos por videollamada, para que la mamá se pueda dar una ducha tranquila.

Y charlamos, con hijos, nietos, vecinos por cualquier medio posible, mientras nos ocupamos de nuestros padres viejitos a los que no nos podemos acercar porque ahora nosotras también somos población de riesgo.

Otra vez algo externo nos quiere condicionar y nuevamente es muy poderoso, pero esta vez sabemos que nos conviene aceptar las reglas.

Pero nos vamos a resistir todo lo que podamos.

PORQUE ESTÁ EN NUESTRA NATURALEZA

Sépanlo.