Se fueron de Buenos Aires una mañana fría y nublada, hubo desayunos y almuerzos en la ruta, acampadas y noches frías, fuegos improvisados para calentar las milanesas de la fonda y una llegada a Iguazú que vivieron como el primer escalón triunfal del desafío que habían pensado juntos.
En Misiones conocieron la selva, con árboles más altos que el edificio de la esquina, monos, cuatíes y loros, se emborracharon de colores y a la mañana los pájaros les cantaron hasta que se despertaban. Fueron a las cataratas se mojaron y al nene lo emocionó darse cuenta de que la Garganta de Diablo es como un embudo lleno de energía.
El nene llevaba una vieja camarita digital y sacaba fotos de todo lo que se le cruzaba, el resultado los divirtió mucho porque era el punto de vista “metro diez”, muchas barandas y cinturas y monos movidos, pero eran esos ojos nuevitos descubriendo el mundo.
En la vuelta visitaron una mina, se tuvieron que poner cascos, recorrieron senderos oscuros, se maravillaron con todo y a la salida compraron una bolsita de piedras con nombres raros; jade, ágata, cuarzo, amatista. En la mina conocieron una nena que les contó que la energía que tienen las piedras es una forma de encantamiento y que con sólo ponerlas al sol se podía conseguir una magia. El ya conocía de piedras mágicas y sus poderes, lo había aprendido jugando a su juego preferido en la Play.
De vuelta en la ruta miraba su tesoro de piedras, le gustaban los diferentes colores, que fueran lisitas, pulidas, frías y se preguntaba cuando podría hacer su primer encantamiento.
A los pocos días de llegar a casa el nene se enfermó de paperas, tenía mucho dolor y fiebre, no había nada que lo hiciera sentirse mejor, ni siquiera jugar a la play, pero justamente pensando en la play se acordó de sus piedras.
Al mediodía sin que nadie lo viera, subió a la terraza y puso las piedras sobre la mesa de los asados donde les daba mucho sol y como no se le ocurría ninguna palabra de encantamiento sólo dijo – ¡obsidiana!. Cuando sintió las piedras bastante calentitas, las guardó en su bolsita, volvió a su cuarto, las puso en filita debajo de su almohada y se durmió.
Al día siguiente se despertó sin fiebre y de muy buen humor, pero nadie entendía por qué cuando lo llamaban por su nombre los corregía y les decía, llámenme Mago, o mejor, Señor Mago.
