Sale a la calle y la abruma el ruido: bocinas, motores, frenadas, sirenas, discusiones en por lo menos tres idiomas distintos, hay voceos de mercaderías, y regateos y sólo por el tono sabe distinguir si el que habla es senegalés, chino o peruano, cada uno tiene su propia cadencia, y tono. Los olores a gasoil, a fritura, a desodorante y a humo llenan el aire y lo hacen pesado, material.
Le gusta ese barrio bullicioso, siempre enloquecido, siempre a mil y siente que lo reconocería con los ojos cerrados, entre cualquier otro.
Entra en casa, apoya la bolsa llena de compras en la mesa y mientras guarda la carne para las milanesas se da cuenta que se olvidó las papas y piensa: -cabeza de novia. Es que así es, está esperando esta visita como cuando tenía 15, ahogada en suspiros y mirándose al espejo mil veces.
A las 5 de la tarde entre un tumulto de carcajadas, guardapolvo y trencitas, llega la nena que en pocos minutos escanea la casa, elogia el nuevo jabón del baño, roba una galletita y haciendo retumbar sus pasos en el parqué va cambiando los sonidos de la casa, porque nunca camina, siempre corre, arrastra las sillas, prende la tele y charla sin parar contando que sus compañeras hablan con voz finita y se ríen tapándose la boca, en cambio ella prefiere a los varones porque son guasos y avisan que se van a tirar un pedo o eructan como osos.
La abuela fríe las milanesas deseando que huelan distintas a las de afuera y que la nena siempre pueda distinguir a sus milanesas entre todas las del mundo.
A la hora de irse a dormir la nieta mira un rato el celular y las risas sonoras de los videos de youtube se mezclan con las susurradas de la nena que de a poco empieza a respirar profundo y acompasado; y al rato duerme tranquilamente.
A las 8 de la mañana el vecino fuma su primer cigarrillo en la terraza y tose, en la calle ladra un perro, alguien escucha un reggaetón y suena la primera sirena del día.
Un ratito después en el cuarto se escucha un roce suave como besos de hada, la abuela corre las mantas y la nena se acuesta a su lado, inmediatamente empieza a roncar suavecito, suavecito, una pequeña vibración que es más intuición que certeza y mientras hunde la cara en el pelo sintiendo ese perfume a colonia y a pan fresco, la abuela piensa que eso, exactamente eso es la felicidad.
