Hierbabuena y café

Lo primero que sentíamos en las mañanas era el perfume a hierbabuena que abuela había plantado hacía muchos años debajo de las ventanas de los dormitorios, después llegaba el ruido de la tropilla que cruzaba el río, los cascos de los caballos, el agua que corría y los ladridos de los perros, y por fin el olor del café.

Éramos unos cuantos, para ir al baño, y a los chicos siempre nos tocaba al final, había que aguantar un rato, aunque la promesa del desayuno hacia milagros para evitar protestas.

Después decidíamos las cosas importantes, si íbamos al arroyo a bañarnos, a la vieja mina a encontrar mica, a juntar piquillines, las posibilidades eran infinitas, pero todo lo hacíamos corriendo al sol, quien sabe qué nos apuraba.

El abuelo que de marzo a diciembre era un señor muy serio de traje, se ponía una malla destartalada y un viejo sombrero de corcho que nos decía que había sido de un gran explorador y agarraba sus botellas con miguitas para atrapar los pescaditos para la picada del mediodía.

A la abuela le encantaba cocinar y de la cocina salía comida como de una línea de montaje, desayuno, almuerzo, merienda y cena, nunca nadie se quejó.

Con los adultos ocupados en sus vacaciones los chicos sentíamos que todo era posible, y en realidad, casi todo era posible, éramos sólo presente a nadie se le ocurría que el futuro fuera otra cosa que una repetición de esos días.

Pero los cambios llegaron y cuando llegaron cambiaron los perfumes de las mañanas para siempre, claro que hubo amores, sueños renovados, algo de madurez pero también pérdidas y distancias.

Y ahora en las noches nostálgicas podemos estirar el sueño hasta llegar a aquellos días en que quemábamos la infancia en una fogata de libertad.

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