Erase una vez una adorable nenita, era alegre, cariñosa, obediente y muy ingenua, muy ingenua, tan ingenua que algunos dirían que era un poquitito boba, y la llamaban Caperucita
Erase también una dulce ancianita, tenía muchos años, caminaba con un bastón, le gustaba tejer, hacer dulces y escuchar a Mozart y a Gardel y amaba a su nieta Caperucita. A pesar de ser tan viejita, la abuelita vivía sola, en un sitio aislado, en medio del bosque de los Alerces.
Erase también un lobo, que hacía cosas de lobo, y siempre tenía hambre porque esa es la naturaleza de los lobos.
Erase también un cazador que recorría el bosque con su ropa de cazador, y su gran escopeta, caminaba con mucho cuidado para no hacer ruido que asustara a los animales y cuando tenía hambre, se sentaba a la sombra de un alerce, abría su mochila y sacaba algún sándwich de mortadela y tomaba unos tragos de vino blanco.
Y por último había una señora que se llamaba Consuelo, y era la mamá de Caperucita y la hija de la Abuelita. A Consuelo le gustaba leer a Corín Tellado sentada en su sillón donde daba el sol de la tarde, hacía unas tartas de manzana deliciosas, era alegre como su hija y dulce como su mamá.
Una fría tarde de mayo, Consuelo le pidió a su hija que cruzara solita el bosque para llevarle a la abuelita un taper con sopa y una tarta pascualina, porque abuelita estaba engripada y no podía hacerse su comida y aprovechó su tiempo libre cocinándose una tarta de manzanas, y tomándose una copita de jerez
La nena obedientemente salió de casa, pero en el bosque se encontró con el lobo que sin mucho esfuerzo la engaño para retrasarla en su viaje, y después la volvió a engañar para que creyera que él era la abuelita y se las comió a las dos, sin siquiera ponerles sal.
Después llegó el cazador, sacó a la nena y a su abuela de adentro del lobo, le llenó la panza de piedras y lo tiró al rio.
Cuando se enteró de los horribles sucesos, Consuelo corrió a la casita del bosque, abrazó a las dos asustadas mujeres, agradeció al cazador, limpio el desastre que había en la casa, le dijo a su mamá que prepara un bolso con sus ropas, sus remedios y el cepillo de dientes y agarrando a las dos muy fuerte de la mano se las llevó a su casa.
Esa noche Consuelo cocinó un buen guiso de lentejas, porque no hay nada como un buen guiso de lentejas para curar el terror de haber sido comida por un lobo. Y mientras lo revolvía sin parar pensaba que el lobo no había hecho más que seguir a su instinto, pero que ella, ella, había sido negligente con su mamá que vivía sola y había esperado de Caperucita que hiciera algo que una nena inocente, solita en el bosque no podía hacer sin ponerse en un gran peligro.
Consuelo se sentía triste, desilusionada de sí misma y culpable, con una culpa que le dolía en el pecho y le hacía temblar las manos, no podía dejar de pensar lo tristes que habrían sido sus días sin los cascabeles de risa de caperucita o el perfume de violetas de las manos de su mamá. Por suerte y gracias al cazador, ahora tenía la posibilidad de pasar muchos días más con ellas, cuidarlas, decirles cuanto las amaba y aunque no podía volver el tiempo atrás, podía tratar compensarlas por el terror que habían pasado.
Y colorín colorado este cuento ha terminado.
